Para ganar la matarón, Khalid Kamal Yaseen corrió contra el reloj y contra el pronóstico. El sol se ocultaba entre las nubes y el asfalto se encontraba húmedo y resbaladizo. En una carrera lenta, los kenitas dominaron desde principio a fin, pero no fueron más que náufragos dispuestos a morir en la orilla.
Después del kilómetro treinta Yassen subió el ritmo y dejó atrás a los africanos. Quedaban más diez kilómetros en solitario. Tarea casi imposible de afrontar cuando por detrás vienen cuatro hombres que realizan marcas inferiores a dos horas quince minutos. Yassen lo sabía y se dejó las fuerzas en abrir distancias para convertir a los africanos en los adalides de una causa perdida.
En la Casa de Campo, la persecución se llenó de esperanza. Yassen, vomitando por el esfuerzo, bajaba el ritmo mientras que los keniatas seguían recortando distancias.
El desenlace fue el esperado para el asiático. Con más esfuerzo y tensión de lo esperado, llegó a la meta con un minuto y cuarenta y cinco segundos por delante de Kirwa Kosgei, que llegó exhausto por el esfuerzo de la persecución, mirando al reloj y frunciendo el ceño, como si supiera que estuvo a punto de alcanzar la orilla y coger el oro.
Estos dos estados comparten una frontera 1000 kilómetros no delimitada claramente por los tratados internacionales. Esto ha provocado un conflicto que dura ya más de 10 años y que ha generado 750.000 desplazados de ambos países.
Actualmente quince conflictos sangrientos invaden el continente africano. Pero sin duda alguna, el conflicto entre Eritrea y Etiopía es el más convencional de ellos. Una guerra “a la antigua” que rompe los esquemas y que, según los organismos internacionales, es una “guerra absurda” al no estar basada en diferencias étnicas, religiosas ni tribales. Ni siquiera está determinada por una lucha de poder.
Ésta es una guerra de fronteras y de historia. Hasta el punto de que cuando estalla el conflicto en 1998, éste va acompañado por la redacción de un informe redactado por Eritrea, donde reclama la "frontera colonial", es decir, la línea trazada a principios de siglo entre el reino de Italia (país colono de Eritrea) y el imperio de Etiopía.
Pero, sobre todo, esta guerra es la historia de los desplazados y refugiados y de la indiferencia y olvido de los organismos y potencias internacionales.
Consecuencias nefastas a nivel humano
750.000 personas, entre etíopes y eritreos, se han visto obligados a desplazarse durante los más de 10 años que dura este conflicto. Además, al margen de los combates propiamente dichos, las poblaciones están sufriendo las consecuencias de la guerra. A todo lo largo de la frontera occidental y centra, más e 600.000 civiles han tenido que salir de sus pueblos. En Eritrea, 65.000 personas han sido expulsadas en nombre de la seguridad nacional. Asmara denuncia una verdadera depuración étnica.
Por otro lado, 30.000 expatriados han abandonado Eritrea desde el comienzo de la guerra. Según Amnistía Internacional y Cruz Roja, este país no ha organizado ni caza al hombre, ni saqueos ni deportaciones masivas.
Pero el problema más importante es el entorno al que deben enfrentarse estos refugiados y desplazados: la guerra ha dejado un panorama desolador en el que gran parte de las infraestructuras y cosechas han sido destruidas y minadas. Sin bienes, sin posibilidad de volver o de cultivar sus tierras, estos desplazados dependerán de la ayuda humanitaria durante más de un año.
Los costes económicos
Esta guerra ha supuesto un siniestro impacto en la economía de ambos contendientes, que han dedicado entre el 10% y el 30% de su PIB a invertir en armamento y esfuerzo en guerra. Si bien Eritrea ha sido el país que más esfuerzo económico ha dedicado al conflicto (en 1999 dedicó un 30% de su PIB), la guerra le cuesta a Etiopía un millón de dólares diarios. Los presupuestos ministeriales, federales y regionales se han visto recortados y los ingresos de las privatizaciones se han destinado en parte a la guerra.
Con 210 y 110 dólares de renta anual por habitante, ambos países, se sitúan respectivamente, entre las naciones más pobres del mundo, en los puestos 167 y 172 de los 174 países clasificados por el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), según su índice de desarrollo humano. Las necesidades ayuda serán muy importantes en los próximos meses, aunque aún lo son más los programas de desarrollo a medio y largo plazo que eviten la dependencia de la ayuda externa.
Aunque los últimos avances políticos en la República democrática del Congo han abierto nuevas oportunidades para liberar a los niños que participan activamente como soldados en el conflicto, desde UNICEF se advierte que los fondos son insuficientes y no hay prioridad sobre este problema. Pierrette Vu Thi, representante de UNICEF considera que es indispensable que los donantes aporten los fondos necesarios, que sean flexibles y que garanticen que los esfuerzos perduren. En las últimas décadas, ejércitos y grupos rebeldes de Rwanda, la República Centroafricana, la República Democrática del Congo, Angola, Burundi y Uganda, han secuestrado y arrancado a niños de sus familias, aldeas, escuelas y campos de refugiados durante violentas incursiones. Estos grupos regulares e irregulares enseñaban a estos menores a convertirse en soldados, empuñar armas y matar. Algunos fueron entrenados para ser espías o utilizaron como criados, cocineros o esclavos sexuales. Desde enero de este año, unos 1.200 niños han sido liberados durante el proceso de la integración de diversos grupos armados y el ejército de la República Democrática de Congo.
El oasis de Chebika es uno de los llamados oasis de montaña del sur de Túnez. La corriente de agua que da vida al oasis baja a través de una garganta estrecha y forma la poza ante la que nos encontramos durante un agradable atardecer primaveral.
Una de las mejores formas de llegar a este paraíso de la naturaleza es en 4x4, recorriendo una carretera infinita a través del desierto. El camino, aunque es largo y algo monótono es entretenido. Van apareciendo pequeñas poblaciones, niños tunecinos corriendo saludando a los coches y de vez en cuando grupos de dromedarios atravesando a su paso el camino. Además existe la posibilidad de contemplar el mítico efecto del espejismo en el desértico horizonte.
Chebika se encuentra al pie de la cordillera del Atlas y es uno de los muchos oasis de montaña que hay por la zona. El pueblo de Chebika, que recibe el mismo nombre que el oasis, fue abandonado tras una gran riada que hubo en 1969, al igual que sucedió en Tamerza y en otras ciudades de Túnez, como Matmata. Chebika se construyó de nuevo en un lugar menos peligroso en caso de riada.
Tras pasar el antiguo pueblo abandonado y repleto de chiringuitos turísticos se accede a un sendero que asciende brevemente por la montaña. Después desciende hasta una fuente de agua a partir de la cual se forma un arroyo que alimenta pozas, pequeñas cascadas y numerosas palmeras. El recorrido por el oasis es fresco y agradable y las vistas desde lo alto de la montaña muestran un paisaje árido y desolador ante las puertas del desierto del Sahara.
En 2007 hubo en España 319 casos de malaria. Los turistas y los inmigrantes aquí residentes que acuden a visitar a sus familias, son los principales factores de riesgo que trasladan la enfermedad a otros países.
El palaudismo es una las grandes plagas de África que se transmite a través de la picadura de mosquito. En Europa, se detectan 12.000 casos anuales, una cifra ridícula si se compara con los casi 500 millones de afectados en todo el mundo de los que unos tres millones mueren.
Más del 80 % de los casos de malaria se dan en el África sub-sahariana, siendo los niños menores de cinco años, las mujeres embarazadas y las personas que viven con VIH/sida los grupos más vulnerables.
Hoy, con motivo del Día Mundial de la Malaria, diferentes ONG y organizaciones sociales como Médicos Sin Fronteras (MSF), UNICEF y Cruz Roja han solicitado aumentar el acceso a los diagnósticos y tratamientos más efectivos existentes contra la malaria, causa la muerte de un niño cada 30 segundos.